no me ensucien el agua!

Alejandrita tomando baño a sus tres años

Era su hábito decir. Un hábito que no sabíamos si era para respetar o para reír…

¡Preferíamos reír! Era una maña aprendida en la escuela para niños pequeños, que hoy en día se llaman jardín de infancia. Nunca antes había visto niños y niñas de otro color. En al país de donde ella provenía, había sólo pequeños e adultos de color blanco, a lo más, de color de cobre en sus caras y cuerpos. Chile, el país de mi sobrina Alejandra, esa única hija de mi hermana Blanquita  de mi cuñado Miguel, había sido colonia da la Monarquía Española, como todos los Estados de la hoy América Latina. Las señoras elegantes, les gustaba tener esclavos negros para que les llevaran la sombrilla para pasear. En Chile hubo esa tentativa, pero los africanos no sobrevivían y la aristocracia sólo podía tener mulatos o yanaconas, es decir indios nascidos en el país, como sirvientes. El mejor ejemplo, es el que narra Magdalena Petit en su libro de 1932, La Quintrala.  Magdalena Petit Marfán, la escritora chilena nacida en Peñaflor, Melipilla en 1903, en un hogar culto y acomodado y que se iniciara en la letras con su novela

Magdalena Petit, cuando ya era escritora de fama.

citada antes, libro que ganó para ella el premio Municipal de Santiago citada antes, a sus treinta años. Libro que mi sobrina Alejandra, o Alejandrita o Ale, como la llamábamos, leía con voracidad. Esa versión, os las de este Siglo de Gustavo Frias, citado por mí antes en ensayos anteriores.

Gustavo Frías, escritor chileno, especializado en lsa vida de La Quintrala

La verdad sea dicha, ni mucho tiempo tenía para leer libros que no fueran de sus estudios, orientados por su madre, o en Inglaterra o en Chile.

Si la obra de Gustavo Frías tiene un libro que tiene por título Tres nombres para Catalina, Alfaguarra, Santiago de Chile, 2001, Alejandrita tenia, como sus primas, nuestras hijas Paula y Camila, tres problemas: aprender inglés desde muy pequeña, quince años después aprender castellano y entender las diferentes formas de vida entre el Reno Unido y Chile. Su madre se encargó de orientarla, con la ayuda del papá. Normalmente, el peso era el de mi hermana, que la tuvo que orientar entre lenguas y formas de estudio, como nosotros con las nuestras. Había una diferencia: en casa, hablábamos inglés, la lengua de nuestras hijas, y en la de los Toro Iturra, castellano. Rápidamente aprendió la lengua saxonica, que hasta el día de hoy habla correctamente, aunque viva en Chile y visite Inglaterra raramente: es un país muy distante, hay mucho trabajo para hacer y es muy caro el billete de avión. La suerte de ellos es que dinero no falta, pero prefieren invertirlo en bienes que rinden lucro, como acaba de hacer ahora mi sobrina, ahijada y casi nuestra tercera hija, por haber compartido quince años de su vida con las nuestras, entre nuestra ciudad de Cambridge y la de Southampton, donde sus padres trabajaban.

La conocí cuando tenía tres meses, en el aeropuerto da La Bacolla, Compostela, Galicia. Venían a correr escapando de la dictadura del dictador que murió recientemente, reo y en tribunal, por los inmensos crímenes cometidos. Crímenes que no contábamos a nuestras hijas, para no aumentar la carga de vivir en tierras extrañas, tener que saber bien la lengua del país que nos acogiera y no cometer faltas de ortografía en un idioma donde las g y las h , están en todas partes, las r se escriben y no se pronuncian, las t y h juntas son como nuestra z, y otras anomalías. Era una dulzura de niña, muy mimada y cuidad por sus padres e sus amigos.

Y por nosotros, claro. Se encerraba en su habitación para estudiar y no había premio atribuido por estudios que ella no ganara. Alejandrita era así:

Alejandrita, como es habitual, encerrada en su estudio para aprender más

No se podía hablar con ella cuando estudiaba. Tenía ese hábito de estudiar de noche y dormir de día, en sus fines de semana, o cuando ya estaba en la Universidad, dónde se graduó como médica kinesiólogo e hizo su práctica en Santiago, en los Hospitales en donde había niños quemados especialmente. Fue tanta su habilidad, que pasado un mes de estar en uno de ellos, fue contratada de forma permanente. Hablar con ella, era un riesgo que nadie se atrevía a tomar, excepto sus enamorados. Si para los estudios era bala, para los amores también. No había niño inteligente y guapo que no se le escapara, hasta encontrar el hombre cierto, Cristián Iribarren, Ingeniero, de sabiduría genial, una pareja que se acompaña como debe ser.

Cristián, el jóven ingeniero que enamora a Alejandrita.

El amor no se entromete en sus vidas de trabajo. Como no se entrometía en sus estudios de niña pequeña, cuando su mamá le tenía que enseñar castellano para aprender el mal enseñado curso de la ciudad de Talca. Mi hermana sufría, y con razón, por sentirse culpable de haber retirado a su hija del país que ya era suyo y aprender de nuevo…todo.

No me olvido que llegaron a Galicia, en España, a la casa de la aldea donde yo analizaba niños. Pero mi tiempo de investigación se acabó, había llegado la hora de volver a Inglaterra y buscar sitios de trabajo para los padres de Alejandrita. En dos mese encontré, los fui a buscar a Heathrow, el aeropuerto de Londres. Mientras Miguel, mi cuñado cargaba maletas muy pesadas, yo otra, Blanquita cargaba una Alejandrita de tres mese y sudaba. No se quejó, sabía que tenía que ser así. Cuando se acuerdan, dicen: qué terrible fue todo…y no se comenta más. Fue una forma de entrenarse para la vida pesada que fue el futuro, que ellos saben suavizar sin escándalos ni dolores mal querido.

Para Alejandrita, que tenía miedo de ser negra y pedía que no le tocaran el agua cuando tomaba baños en su lindo Departamento de Southampton y corría con nosotros para que no le ensuciáramos el agua, todo lo que le interesa ahora, que está de cumpleaños en breves días más, es esta imagen, pienso yo:

Alejandrita y Cristián, cuando enamoran, no estudian.

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