las tres niñas

las tres niñas a danzar cuando eran pequeñas:Paula, Camila y Alejandra

Para Alejandrita Toro Iturra de Iribarren Larraín

¡Hasta parece mentira! Porque hoy son señoras. Cuando eran pequeñas, era fácil entenderse con ellas. La vida era un juego permanente. El país en que vivíamos, era con mucho trabajo. El día comenzaba a las siete de la mañana y acababa tarde en la tarde. Justo a la hora del té, que era a las 4 de la tarde. Durante el invierno, sólo queríamos estar en la cama, pero los papás teníamos que trabajar e las niñas tenían que estudiar. A las 8 de la mañana estábamos todos en nuestros sitios de trabajo: la escuela para las tres niñas, la Universidad para sus padres. Salir de mañana de una casa caliente para el frío de nieve de hielo de la calle, era un castigo. Íbamos de bicicleta, el frío así era más violento, especialmente si el viento soplaba. Casi no se podía ver porque los ojos se defendían con lágrimas: eran necesarios los anteojos para defendernos de la falta de visión.

Las tres niñas no eran hermanas, pero parecía que lo eran. Las dos mayores, de ocho años una, tres la otra, se acompañaban muy bien y jugaban entre ellas o traían amigas a la casa. La otra, de un año y medio en esos años 77 del siglo pasado, vivía con sus padres en el sur del país, nosotros, en el centro da la misma nación: Southampton y Cambridge. Esta distancia y los deberes escolares, no les permitían verse siempre, pero mal acaba la escuela, la hija de mi hermana era llevada de inmediato a nuestra casa. Era muy nueva en el país y no tenía amigos esta Alejandrita, y apenas hablaba una ensalada de castellano y de inglés. Paula y Camila, los tenían por montones. Lo más difícil, era librarse de tantos niños y niñas en casa. Sin embargo, cuando Alejandrita aparecía, los amigos no iban: sus padres, discretos, hijos de colegas míos en la Universidad, sabía que nos teníamos que adaptar a nuestros nuevos deberes y también, que era la única familia que teníamos y no se inmiscuían, excepto para convidar a las niñas a fiestas de cumpleaños de sus hijos, o para jugar en casa de ellos y así los hermanos y cuñados tuvieran días libres y tranquilos. Los únicos días en que nos permitíamos ir a pasear, a los museos y tomar té con scones o ascones en castellano. Comíamos poco, había que ahorrar…

Eran un grupo muy exclusivo el de estas tres primas, hijas de dos hermanos y sus conjugues, Blanquita y Raúl, Miguel el papá de la prima y Glorias, la mamá de las hermanas. Solo me basta mirar por encima de mi hombro izquierdo y veo andar en bicicleta a las tres: Paula en la suya, Camila en el sillín de la bicicleta de la mamá, y Alejandrita en el de mi bicicleta…  La foto fue tomada por Miguel, contra su costumbre, en 1978, en la calle  Norwich, paralela a la nuestra de Bateman Street, en donde no había tráfico que pudiera poner en riesgo el navegar calmo de las niñas en sus bicicletas propias más tarde, en las de sus adultos, cuando eran pequeñas. En ese año de 1977, cuando eran muy niñitas, apenas Paula con sus casi nueve años, andaba sola y se quedaba siempre atrás, distraída como siempre: era pequeña y soñaba despierta. Año en que todos vivíamos juntos, la casa nuestra era grande, y ellos debían buscar casa en Southampton, para asistir a la Universidad a la que estaban destinados:

Miquel, para investigar, Blanquita, para enseñar. La vida era dura, sin familia y sin dinero. Pero mi cuñado, mi hermana, y de ahí lo aprendió Alejandrita, eran tacaños, no gastaban dinero en nada que no fuera para comer o para comprar ropa, mi hermana y mi mujer en las famosas jumble-sales, o venta de objetos variados de segunda mano, con objetos de beneficencia en donde se vendían ropas usadas, pero nuevas, que ellas guardaban en maletas o roperos e iban acumulando y acumulando. Cuando comenzamos a comprar ropa para nuestras hijas, siendo Paula la primera en ir a escuela con sus cinco años, toda la ropa era comprada en tiendas elegantes. Había dinero y queríamos lo mejor para nuestras hijas. Pero cuando volvimos a Cambridge y éramos siete, con dos aún a buscar trabajo y ganar dinero para vivir, las compras elegantes se acabaron, y se acabaron de vez y para siempre. El otro dinero extra que se gastaba, era el vicio de Miguel, ese de sacar fotos a objetos y figuras de árboles, con una maestría y sabiduría, que parecían obras de arte. Raramente sacaba a persona, excepto a su hija adorada, formando un álbum desde el nacimiento hasta el día de hoy. Alejandrita puede ver su vida casi día tras día cuando era pequeña, y e año en año, ya más grande. La cantidad de fotos que tienen, son dignas de una exposición, que da envidia ver… hasta nosotros estamos entra esas fotos, bien organizadas por Miguel, meticuloso del orden, con fecha, día e lugar. Quién quiera saber de nuestras vidas, debe ver esas fotos.

Decía antes que el país era muy industrioso y comenzábamos a las 7 de a mañana para acabar tarde. La escuela de las tres niñas cerraba a las tres y media y un papá debía estar allí para buscarlos y después dejarlos con amigos o vecinos o en el jardín de infancia que la escuela organizó cuando el neo liberalismo volvió al país e precisábamos tener más trabajo para ganar más.

La consecuencia lógica sería que los días sábados y domingos, durmiéramos hasta tarde, pero no era así. Era el día sábado para las clases de baile de las niñas, que comenzaban a las nueve de la mañana. Y los domingos, el tradicional paseo a la villa más cercana de Cambridge, Granchester, cruzando los campos a pié, con la parada obligatoria en la casa de los Fortes, Meyer e Doris, para tomar un té. Eran tres millas de distancia de ida vuelta, es decir, más de que seis kilómetros, con o sin nieve. Salíamos a las 9 de la mañana, a las dos de la tarde estábamos de vuelta en casa, esa vuelta que las niñas esperaban con ansiedad. Sabían que en la noche anterior me acostaba más tarde para preparar lo que más adoraban, el queque de mármol, ese con partes blancas y otras con chocolate, y amasar pan para ponerlo en el horno a la vuelta y comer pan caliente con mantequilla que chorreaba de los panes, y, el queque, claro. Era en Cambridge. En Southampton, Blanquita nos mandaba a pasear, se quedaba en casa y a nuestra vuelta, había de esos exquisitos almuerzos que sólo ella sabe preparar hasta e día de hoy. Ya había auto, pero íbamos a pié: era un paseo!

Las niñas fueron creciendo, comenzaran los amores, las primeras salidas nocturnas, los paseos acabaron, las niñas se separaron después de quince años de estar siempre juntas y comenzaran la visitas de los papás apenas, para encontrarse y conversar mucho, junto con otros parientes, parientes “fabricados”, los Vio Giacaman, que se fueron a Venezuela, y los Tapia Valenzuela. Lo que nunca fue perdonado, era pasar la Navidad juntos. Íbamos cambiando de casas para cada Navidad.

La que nunca fue perdonada, fue en 1979, cuando nuestros padres Raúl y Florentina María, nos fueron a visitar. Mi suegra Amanda y my cuñada Maria Eugénia, ya estaban allá, como es otra casi familia, los Castillo Burns, de Cambridge. Fue una fiesta que nunca olvido, hasta tarde en la noche. Era el hábito chileno, comenzar a las 9 de la noche, tomar aperitivos, cenar a las once y después abrir los regalos, que las tres niñas habrían solo en la mañana siguiente, con padres muy llenos de sueño, pero a la inglesa, con mucha comida, serpentinas, gorros de papel e sorpresas que, al abrirlas, estallaban!

Tiempos de maravilla que he apuntado en mis cuadernos de escribir la vida, diarios se vida, base para mi libro publicado en 2008 Mis Camelias. Recuerdos de padres interesados, libro de 200 páginas, que puede ser leído en  http://www.monografias.com/trabajos917/camelias-etnopsicologia-infancia/camelias-etnopsicologia-infancia.shtml y sabrán más de estas historias.

Las niñas crecieron, estudiaron, fueron doctoras como sus padres y abuelos, que estoy seguro que Alejandrita, para quién dedico este texto, se recordará. Además, tiene una copia del libro en su computador.

Querida sobrina, la vida puede ser dura, pero si la sabemos vivir, como tú la enfrentas, junto con Cristián, tu compañero y tus padres, esa vida linda que hé contado, volverá, junto con tus hijos y tus padres, que ni trabajan, para estar contigo. Como nosotros, los que nos quedamos en Europa, nos acompañamos con amos, cariño e mucha serenidad. Estoy cierto que tu nueva sobrina nieta, mi nieta May Malen I. Ilsley, desde su tierna infancia de mes e medio te envía un beso lleno de amor, como los que tú nos dabas, cuándo querías…o no…

¡Hasta parece mentira! Porque hoy son señoras. Cuando eran pequeñas, era fácil entenderse con ellas. La vida era un juego permanente. El país en que vivíamos, era con mucho trabajo. El día comenzaba a las siete de la mañana y acababa tarde en la tarde. Justo a la hora del té, que era a las 4 de la tarde. Durante el invierno, sólo queríamos estar en la cama, pero los papás teníamos que trabajar e las niñas tenían que estudiar. A las 8 de la mañana estábamos todos en nuestros sitios de trabajo: la escuela para las tres niñas, la Universidad para sus padres. Salir de mañana de una casa caliente para el frío de nieve de hielo de la calle, era un castigo. Íbamos de bicicleta, el frío así era más violento, especialmente si el viento soplaba. Casi no se podía ver porque los ojos se defendían con lágrimas: eran necesarios los anteojos para defendernos de la falta de visión.

Las tres niñas no eran hermanas, pero parecía que lo eran. Las dos mayores, de ocho años una, tres la otra, se acompañaban muy bien y jugaban entre ellas o traían amigas a la casa. La otra, de un año y medio en esos años 77 del siglo pasado, vivía con sus padres en el sur del país, nosotros, en el centro da la misma nación: Southampton y Cambridge. Esta distancia y los deberes escolares, no les permitían verse siempre, pero mal acaba la escuela, la hija de mi hermana era llevada de inmediato a nuestra casa. Era muy nueva en el país y no tenía amigos esta Alejandrita, y apenas hablaba una ensalada de castellano y de inglés. Paula y Camila, los tenían por montones. Lo más difícil, era librarse de tantos niños y niñas en casa. Sin embargo, cuando Alejandrita aparecía, los amigos no iban: sus padres, discretos, hijos de colegas míos en la Universidad, sabía que nos teníamos que adaptar a nuestros nuevos deberes y también, que era la única familia que teníamos y no se inmiscuían, excepto para convidar a las niñas a fiestas de cumpleaños de sus hijos, o para jugar en casa de ellos y así los hermanos y cuñados tuvieran días libres y tranquilos. Los únicos días en que nos permitíamos ir a pasear, a los museos y tomar té con scones o ascones en castellano. Comíamos poco, había que ahorrar…

Eran un grupo muy exclusivo el de estas tres primas, hijas de dos hermanos y sus conjugues, Blanquita y Raúl, Miguel el papá de la prima y Glorias, la mamá de las hermanas. Solo me basta mirar por encima de mi hombro izquierdo y veo andar en bicicleta a las tres: Paula en la suya, Camila en el sillín de la bicicleta de la mamá, y Alejandrita en el de mi bicicleta… La foto fue tomada por Miguel, contra su costumbre, en 1978, en la calle Norwich, paralela a la nuestra de Bateman Street, en donde no había tráfico que pudiera poner en riesgo el navegar calmo de las niñas en sus bicicletas propias más tarde, en las de sus adultos, cuando eran pequeñas. En ese año de 1977, cuando eran muy niñitas, apenas Paula con sus casi nueve años, andaba sola y se quedaba siempre atrás, distraída como siempre: era pequeña y soñaba despierta. Año en que todos vivíamos juntos, la casa nuestra era grande, y ellos debían buscar casa en Southampton, para asistir a la Universidad a la que estaban destinados:

Miquel, para investigar, Blanquita, para enseñar. La vida era dura, sin familia y sin dinero. Pero mi cuñado, mi hermana, y de ahí lo aprendió Alejandrita, eran tacaños, no gastaban dinero en nada que no fuera para comer o para comprar ropa, mi hermana y mi mujer en las famosas jumble-sales, o venta de objetos variados de segunda mano, con objetos de beneficencia en donde se vendían ropas usadas, pero nuevas, que ellas guardaban en maletas o roperos e iban acumulando y acumulando. Cuando comenzamos a comprar ropa para nuestras hijas, siendo Paula la primera en ir a escuela con sus cinco años, toda la ropa era comprada en tiendas elegantes. Había dinero y queríamos lo mejor para nuestras hijas. Pero cuando volvimos a Cambridge y éramos siete, con dos aún a buscar trabajo y ganar dinero para vivir, las compras elegantes se acabaron, y se acabaron de vez y para siempre. El otro dinero extra que se gastaba, era el vicio de Miguel, ese de sacar fotos a objetos y figuras de árboles, con una maestría y sabiduría, que parecían obras de arte. Raramente sacaba a persona, excepto a su hija adorada, formando un álbum desde el nacimiento hasta el día de hoy. Alejandrita puede ver su vida casi día tras día cuando era pequeña, y e año en año, ya más grande. La cantidad de fotos que tienen, son dignas de una exposición, que da envidia ver… hasta nosotros estamos entra esas fotos, bien organizadas por Miguel, meticuloso del orden, con fecha, día e lugar. Quién quiera saber de nuestras vidas, debe ver esas fotos.

Decía antes que el país era muy industrioso y comenzábamos a las 7 de a mañana para acabar tarde. La escuela de las tres niñas cerraba a las tres y media y un papá debía estar allí para buscarlos y después dejarlos con amigos o vecinos o en el jardín de infancia que la escuela organizó cuando el neo liberalismo volvió al país e precisábamos tener más trabajo para ganar más.

La consecuencia lógica sería que los días sábados y domingos, durmiéramos hasta tarde, pero no era así. Era el día sábado para las clases de baile de las niñas, que comenzaban a las nueve de la mañana. Y los domingos, el tradicional paseo a la villa más cercana de Cambridge, Granchester, cruzando los campos a pié, con la parada obligatoria en la casa de los Fortes, Meyer e Doris, para tomar un té. Eran tres millas de distancia de ida vuelta, es decir, más de que seis kilómetros, con o sin nieve. Salíamos a las 9 de la mañana, a las dos de la tarde estábamos de vuelta en casa, esa vuelta que las niñas esperaban con ansiedad. Sabían que en la noche anterior me acostaba más tarde para preparar lo que más adoraban, el queque de mármol, ese con partes blancas y otras con chocolate, y amasar pan para ponerlo en el horno a la vuelta y comer pan caliente con mantequilla que chorreaba de los panes, y, el queque, claro. Era en Cambridge. En Southampton, Blanquita nos mandaba a pasear, se quedaba en casa y a nuestra vuelta, había de esos exquisitos almuerzos que sólo ella sabe preparar hasta e día de hoy. Ya había auto, pero íbamos a pié: era un paseo!

Las niñas fueron creciendo, comenzaran los amores, las primeras salidas nocturnas, los paseos acabaron, las niñas se separaron después de quince años de estar siempre juntas y comenzaran la visitas de los papás apenas, para encontrarse y conversar mucho, junto con otros parientes, parientes “fabricados”, los Vio Giacaman, que se fueron a Venezuela, y los Tapia Valenzuela. Lo que nunca fue perdonado, era pasar la Navidad juntos. Íbamos cambiando de casas para cada Navidad.

La que nunca fue perdonada, fue en 1979, cuando nuestros padres Raúl y Florentina María, nos fueron a visitar. Mi suegra Amanda y my cuñada Maria Eugénia, ya estaban allá, como es otra casi familia, los Castillo Burns, de Cambridge. Fue una fiesta que nunca olvido, hasta tarde en la noche. Era el hábito chileno, comenzar a las 9 de la noche, tomar aperitivos, cenar a las once y después abrir los regalos, que las tres niñas habrían solo en la mañana siguiente, con padres muy llenos de sueño, pero a la inglesa, con mucha comida, serpentinas, gorros de papel e sorpresas que, al abrirlas, estallaban!

Tiempos de maravilla que he apuntado en mis cuadernos de escribir la vida, diarios se vida, base para mi libro publicado en 2008 Mis Camelias. Recuerdos de padres interesados, libro de 200 páginas, que puede ser leído en  http://www.monografias.com/trabajos917/camelias-etnopsicologia-infancia/camelias-etnopsicologia-infancia.shtml y sabrán más de estas historias.

Las niñas crecieron, estudiaron, fueron doctoras como sus padres y abuelos, que estoy seguro que Alejandrita, para quién dedico este texto, se recordará. Además, tiene una copia del libro en su computador.

Querida sobrina, la vida puede ser dura, pero si la sabemos vivir, como tú la enfrentas, junto con Cristián, tu compañero y tus padres, esa vida linda que hé contado, volverá, junto con tus hijos y tus padres, que ni trabajan, para estar contigo. Como nosotros, los que nos quedamos en Europa, nos acompañamos con amos, cariño e mucha serenidad. Estoy cierto que tu nueva sobrina nieta, mi nieta May Malen I. Ilsley, desde su tierna infancia de mes e medio te envía un beso lleno de amor, como los que tú nos dabas, cuándo querías…o no…

las tres niñas ya adultas, a celebrar la vida

Comments

  1. Raul Iturra says:

    Este texto foi escrito por mim. Queria pedir desculpas aos luso falantes, de receber um texto em Castelhano-que é denominado Espanhol na Europa, Imperialismo lesivo para um Estado que tem sete línguas fixadas – mas era por causa dos destinatários que não têm aceso ao Aventar.Eis porqwue faço o coentário após envio do texto do pasado alegre e feliz, que todos lembtamos Podia ter sido em inglês, mas preferi o Castelhano. Uma das três “niñas”- raparigas, vive momentos de imenso dor aos seus 33 anos e a família com ela. As vezes devemos pretender, é este um dos casos, ess de lembrar um pasado feliz e um futuro incerto, com dores. Há dias de Carnaval que apenas merecem ficar em casa, como este de hoje. Estou certo de que a “niña” vai continuar como deve ser, com esse brilhante futuro prepradao por ela e os seus pais e o resto da família. Agradeço ao Luís Couto Moreira ter feiro possivel aparecer o texto a tempo e horas. Obrigado, Luís


  2. prof.doutor.eu tive a ler este texto gostei ler.a sua vida e das outra pessoas. Nuno Fernandes com carilho.

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