La amiga perdida

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Estoy sentado en mi estudio, a pensar en ti. Nunca te vi de esta manera: estricta, sabia, a saber enseñar. Ese dedo levantado para enfatizar las palabras que se deben saber. Y las que no se deben decir. Era como cuando yo tenía dos años y tú, algunos más. En esas alturas de la vida, no se notaba, como en las alturas de la vida de hoy. Tú estás guardada en un ánfora, rodeada por la familia.

Yo, lo que tú me enseñaste, a escribir poesía a la amiga que me dejó anclado en esta tierra solitaria, sin nadie que me acompañe, aún en momentos tan tristes como los que vivo, ahora que nos dejaste.

Que me paseabas por el jardín de la casa quinta de Laguna Verde, nuestra bahía, ya lo dije en el tributo que te envié el día del carnaval, cuando fuiste incinerada frente al dolor de tu familia. He sugerido a tu hijo que organicen un ritual al lado de tu caja que guarda tus cenizas: una vela a cada lado, para recordar esa alma viva que nos hizo brillar a todos. Eras mi Nana querida y, pasado el tiempo, mi amiga del alma.

Hacíamos teatro juntos, como he relatado antes: como era habitual, ensenaba la obra, la dirigía, les enseñaba a actuar de dotes que no sabía que yo tenía. Era una permanente improvisación de las piezas de teatro que representábamos. Como siempre, yo estaba nervioso. Como siempre, tú me calmabas con palabras dulces e fuertes: si te sabes el papel, ¿para qué tanta faramalla? Era lo que me decías. Si eres el director, ¿quién debería tener miedo, sino nosotros, que nada sabemos de teatro? Tú ya lo leíste todo, los autores, los comentadores las obras. ¡Qué suerte la tuya! Nosotros tenemos que andar por la esclavitud de la vida del trabajo, tú tienes tiempo para todo lo que es la vida intelectual, desde tus cuatro años. Estudias Derecho y haces teatro, sales con tus amigos y te diviertes con ellos, sin que tus padres lo sepan. Te levantas a las cuatro de la mañana para estudiar, duermes una rica siesta y vuelves a los libros hasta la noche entrar en tu privado escritorio. Mi amigo, no me venga con dramas, porque no tienes motivo para ello.

Es lo siempre me decías, me preguntabas por mis amores, sin que tú dijeras una palabra sobre los tuyos. Era tu discreción. Nunca me olvido que a mis cinco años de edad, época de carnaval, tenía yo todo un atuendo de cowboys compradas por mi padre, y te mostraba la ropa. Siempre admirada, me decías cosas que me enorgullecían, Tanto, que hasta inventé la historia sacada de mi imaginación de que ese año íbamos cantar en inglés a la reina del carnaval. ¿De dónde vendrían esas mis fantasías? La Reina era Carmen Shaing, un lindo pimpollo que ni hablaba bien el castellano chileno, a pesar de ser de la tierra. Anduve disfrazado el tiempo todo, dentro y fuera del carnaval. Quién me llevó de la mano al corso, fuiste tú. En casa, puras agallas, en la multitud, un miedo que me callaba. Tú te reías, sabías que era un niño de casa y quinta con tantos hermanos y primos, que la llenaban. No precisaba más personas, total, era niño mimado y de hogar. Bien lo sabías y me cuidabas. Lo peor, era ser el hijo de quién era, el patrón. El respeto de las personas me mantenía solo, nadie quería inmiscuirse en la vida del Ingeniero mi padre.

Tú lo sabías y me cuidabas. Tú, que no tuviste ni padre ni madre, como sabemos, muertos en accidente de automóvil. Tu abuela Rosalba Mella los crió, trabajaba para mi padre. Había días en que iba a tu casa para estudiar, de forma discreto me decías: Raulito, hoy no puedo, la mamá está con dolor de cabeza. La verdad es que para enfrentar sus desgracias, Rosalba veía y nunca lo contaste, hasta hace pocos meses atrás, en nuestros setenta años. Cariño de hogar, discreción de lar.

Que sabía yo que te ibas a ir antes que después. Eres Violeta Valery de Verdi, eras Margherita Gautier de Alejandro Dumas, que escondía el nombre real de Marie de Duplessis, el gran amor de Alejandro Dumas hijo, narrado en su libro de 1848: La dama de las Camelias, que Greta Garbo representó para el cine, en los años treinta del siglo pasado. Tenías que irte en un día de Carnaval. Era obligatorio por ser Amandine, Les Dame aux Camel. Y así fue y así pasó.

Este domingo te vas a Laguna Verde. Quisiste que tus cenizas fueran esparcidas en al mar de nuestra bahía de Laguna Verde, donde de tanto nos divertimos.

Allí quedarás y allí te visitaremos.

Un beso querido, de la crianza vieja que cuidaste desde niño, por más de 70 años.

Con un beso, Margarita Gautier, de este tu ya crecido amigo.

¿Tengo pena? Sí, y muy profunda. Vamos a usar tus argucias para no mostrar desdichas y apoyar marido, hijas, hijo adorado, nietas y biznieetos

Raúl, tu pimpollo

Febrero, 23 de 2012

lautaro@netcabo.pt

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